Pequeñas desgracias sin importancia

"Mis abuelos procedían de una pequeña aldea menonita de Siberia y llegaron a Canadá en 1917, el año de la revolución bolchevique. Padecieron atrocidades en aquella tierra de sangre. Toda mención a ese lugar, cualquier mínima alusión a cualquier cosa rusa y mis padres apretaban los dientes. El plautdietsch era el idioma de la pena. Los menonitas habían aprendido a callar, a apechegar con el dolor".

 

"A los padres de mi abuelos los mataron en un sembrado al lado del granero pero su hijo, el padre de mi padre, sobrevivió porque se enterró bajo una montaña de estiércol. Luego, al cabo de unos días, lo metieron en un vagón de ganado y lo llevaron junto con otros miles de menonitas a Moscú, desde donde los mandaron a todos a Canadá. Cuando nació Elf, mi abuelo se lo dijo claro a mis padres. Nos les enseñéis plautdietsch a vuestros hijos si queréis que sobrevivan. Cuando mi madre fue a la universidad y estudió Psicología, aprendió que el sufrimiento, da igual que se padeciera hace muchísimo tiempo, es algo que se trasmite de generación en generación, como la flexibilidad, el garbo o la dislexia. Mi abuelo tenía unos grandes ojos verdes y siempre, por detrás, incluso cuando sonreía, andaba proyectando oscuras escenas de matanzas, de sangre sobre nieve".

De Pequeñas desgracias sin importancia, de Miriam Toews (Sexto Piso)

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