La chica más lista que conozco
Esta historia, a que nos conta Sara Barquinero en La chica más lista que conozco (2026, Lumen), nace do enfado e rabia, da necesidade de facer xustiza poética e poñer as cousas no seu lugar, de reescribir os feitos e afondar nos abusos que ocorren nos círculos de poder de moitas universidades. A protagonista desta novela, Alicia deixa a súa cidade natal para estudar Filosofía en Madrid, alí encontrará a un grupo de compañeiras intelixentes e crueis cos que comeza a carreira. Nas clases, abunda a arrogancia e a brillantez, pero tamén a precariedade e as miserias máis comúns. Entre movementos estudiantís, amoríos, aprendizaxes e o estudo de conceptos filosóficos, Alicia obsesionaráse con Juan, un dos seus profesores, ao que lle leva máis de dez anos. Esta é unha novela sobre a vergoña, a beleza do coñecemento, a ansiedade por construírse unha identidade e o consentimento nas relacións atravesadas polas desigualdades. Autobiográfica ou non, podemos concluír que Sara Barquinero quedou moi a gusto escribindo esta obra.
"Y así fue como, de golpe y porrazo, la presencia escuálida de Juan Comala se comió todo vacío teórico y cualquier sombra de aburrimiento. Ni siquiera hacía falta que le prestara atención, bastaba con saber que existía. No son necesarios milagros para el corazón del buen creyente.
Leyó todos y cada uno de los ítems de su guía docente, aunque jamás hizo ninguna pregunta u observación en el aula: confiaba en que su presencia silenciosa y gestos ante los comentarios ajenos fueran más que suficientes, exprimir aquello que Cristina llamaba «su aura de misterio» y que ojos menos amistosos probablemente calificaban como elitismo y bordería. Leyó La mujer helada y se imaginó a sí misma como Annie Ernaux, estudiando mucho y comiendo poco, casándose después con un intelectual (en su caso, Juan Comala) que la llenaba en lo espiritual pero que quizás no limpiaba el piso lo suficiente (podría solucionarse, estaba segura). Escuchaba a Édith Piaf mientras caminaba a clase y, cuando la arboleda se disipaba y aparecía por la parte trasera de la facultad, ponía siempre «La Foule». Se imaginaba su entrada-no-tan-triunfal en el terreno de la universidad como el inicio de una película de Rohmer, una de esas películas que se las apañaban para parecer comprometidas políticamente por mucho que solo saliera gente tomando café y jugando con los límites del deseo. Su sistema límbico se alteró. Sus bragas siempre estaban húmedas. Lloraba por cualquier cosa, cualquier libro o película con un final emotivo, cualquier discusión entre compañeros sobre destino político de la izquierda o sobre lo que tenía que hacer o no hacer Podemos respecto a la investidura de Sánchez. Una vez lloró tanto en los cines Princesa con el final de una película de Mia Hansen-Love que le dio un ataque de ansiedad en el baño. Lloraba por cualquier minúsculo desengaño con la realidad, que a veces se empeñaba en no seguir el camino limpio y épico de sus ideales; o por la muerte, la vejez, la conciencia de que todo eso pasaría y no quedaría nadie para recordarlo, el anuncio de la futura ruptura del grupo por las razones más mezquinas, la soledad, la incomprensión. Pero qué belleza. Eso había que agradecérselo a alguien, a Juan Comala o a su imaginación desbocada".
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