John, hijo de John

Na Escocia dos anos noventa, un rapaz volve, despois de estar estudando unha carreira na gran cidade, a unha pequena illa rural pertencente ás Hébridas Exteriores na que se criou. E alí reatopase co seu adusto e relixioso pai (e os seus segredos), coa súa rexoubeira avoa e con toda unha comunidade presbiteriana que parece suxeita ao pasado e que ao mozo cada vez lle resulta máis allea e absorbente. John, hijo de John, do escritor Douglas Stuart (Random House, 2026) é unha novela sobre relacións familiares complexas, sobre silencios, decepcións e pequenos raios de luz. E tamén un tratado sobre a fin dunha época e dunha civilización, sobre os horrores do fanatismo relixioso e sobre como nas persoas do noso entorno poden esconder no seu interior (a miúdo e á vez) todo o bo e todo o malo do mundo. 

A H-AON/UNO

"Tiene los pies morados como hígado de ternera. Eso fue lo que dijo su padre antes de colgar. Cal estaba en la cabina telefónica roja que había al fondo de los Meadows observando cómo los jugadores de rugby estiraban sobre la hierba verde y exuberante. Los pantalones cortos y blancos de los muchachos se les ceñían a las nalgas y, bajo aquella llovizna, la tela se transparentaba y dejaba ver las líneas elásticas de sus calzoncillos. Cal apenas prestaba atención mientras su padre le leía el Nuevo Testamento. 
A su padre, John Macleod, nunca le había gustado hablar por hablar, y eso daba a sus llamadas telefónicas un aire de mensaje pregrabado, como cuando llamabas al servicio de información horaria para poner el reloj en hora. Cuando Cal se lo dijo a su padre, la comparación le hizo gracia porque este creía que el espíritu precisaba de una calibración constante, y Cal calibraba el suyo todos los miércoles a las seis en punto, y dos veces más el domingo, el día del Señor.
No podía permitirse la llamada de larga distancia a las islas, así que desarrollaron un sistema de señales mediante el cual Cal llamaba a casa a la hora acordada, esperaba tres tonos y colgaba. Su padre devolvía la llamada de inmediato. Este método requería llegar temprano y fingir que hablaba con alguien para que ningún transeúnte se adueñara de la cabina.

(...)

Su conversación siempre estaba censurada, faltaban las cosas de las que no podían hablar. Cal nunca mencionaba que no tenía dónde vivir. Nunca decía que, desde que se graduó, no había dejado de abusar de la caridad de sus compañeros, que se turnaban para alojarlo en sus sofás. Tampoco que esperaba a que sus compañeros se fuesen a trabajar para rebuscar en los muebles de la cocina como un ratoncillo de campo: cogía muy poco, lo justo para saciar el hambre sin que nadie se diera cuenta. Nunca mencionaba que se secaba al aire después de ducharse, ni que rellenaba con agua del grifo la cantidad exacta de leche que bebía de la botella, ni que deambulaba por los barrios de Edimburgo al anochecer para que sus amigos no se sintiesen obligados a alimentarlo.

No mencionaba que trabajaba para una cuadrilla de albanesas limpiando los baños salpicados de vómito del Negociants y del pub de Rose Street. Ni que cuando fue a recoger su primer sueldo, le descontaron la mitad por los productos de limpieza y otras siete libras con cincuenta por guardar los cubos y las fregonas. Ni que cuando les plantó cara, las albanesas le dijeron que, si creía que los cargos eran injustos, hablase con sus maridos, unos hombretones fornidos y muy velludos. Y, por supuesto, no le contó a su padre que no había tenido el valor de hacer semejante cosa.

Tampoco mencionaba que pasaba más noches de las que quería con un galés muy amable al que le gustaba tumbarse boca abajo con los brazos debajo del cuerpo y las manos entrelazadas en un gesto devocional de indefensión mientras Cal se lo follaba. Si le contaba algo así, estaba convencido de que aquellas serían las últimas palabras que compartiría con su padre". 

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